Una ojeada a la narrativa de Hernán Rivera Letelier

En 2022 Hernán Rivera Letelier fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura de Chile. Y ese acto de justicia, inspirado en el conjunto de su obra, vino a zanjar, de algún modo, un fatigoso fenómeno: a pesar de su éxito entre los lectores, el autor apenas había gozado del reconocimiento de la crítica académica de su país. Más bien al contrario, esta se ocupó, en más de una ocasión, de denostar las novelas del escritor que, curiosamente, desde la publicación de la primera de ellas, La reina Isabel cantaba rancheras (1994), fue catapultado a la fama y tuvo excelente acogida crítica en el extranjero.


No es raro, aunque lo parezca. La crítica académica –en Chile y en la Conchinchina— suele tener la pésima costumbre de creer que la opinión de los lectores, esa masa amorfa que no se ha graduado, por lo general, en ninguna escuela de Letras, no está cimentada en el buen gusto ni tiene derecho a participar en la conformación del canon. Entonces, los señores y señoras que se dedican a ese oficio prefieren hurgar una y otra vez en los monumentos sacrosantos de las literaturas nacionales y no correr riesgos apostando por quienes son sus coetáneos. Ese trabajo sucio se lo suelen dejar a sus guías espirituales y metodológicos —léase la academia norteamericana— que, mucho más listos, sin duda, ya entendieron que, aunque sea bajo cuerda, el mercado y el público tienen una alta cuota de notoriedad en los destinos de la historia literaria, como lo ostentan (sobre todas las cosas) aquellos que pueden ser utilizados a manera de elementos probatorios de la última teoría proveniente de los más heteróclitos campos del saber que se han ido acercando a la ciencia literaria.

Quizá por eso, porque los críticos académicos arriman más la brasa a su sardina teórica y científica, han olvidado que la literatura resulta, en primer lugar, un arte. Y que si no hay un artista que mire con atención y detecte los vacíos en el discurso literario de su época, piense novedosamente cuáles podrían ser los caminos para intentar llenarlos, y ejecute un conjunto de saltos acrobáticos casi siempre mal entendidos o ignorados, no habrá renovaciones en ese movimiento sinusoidal que pudiera ser la historia literaria.

Por esa causa, si uno revisa algunas publicaciones de crítica literaria académica sobre la narrativa chilena, puede llevarse más de una sorpresa. A veces devienen panoramas que van de Alberto Blest Gana y Baldomero Lillo a Roberto Bolaño y Alberto Fuguet, con paradas en Manuel Rojas, José Donoso, Antonio Skármeta y Diamela Eltit. O cargan la mano, en los años más recientes, en temas y firmas vinculados con la historia política del país, en especial la época de la dictadura de Pinochet y sus posteriores secuelas en la construcción colectiva de la identidad nacional a través de la memoria y la posmemoria de varias generaciones (Pedro Lemebel, Lina Meruane, Nona Fernández, entre otros).

En ese canon, salvo excepciones, suelen faltar varios nombres claves: María Luisa Bombal, Mauricio Wacquez, Isabel Allende y Hernán Rivera Letelier. Y uno se pone suspicaz. ¿Qué falla en La amortajada, en Frente a un hombre armado o en cualquiera de las muchas novelas de la Allende o de Rivera Letelier? ¿O será que los prejuicios contra las peculiaridades biográficas de la Bombal y Wacquez (la conducta social compleja y el alcoholismo de ella; la homosexualidad de él) cierran las puertas de la consagración canónica lo mismo que el desmesurado triunfo internacional de La casa de los espíritus? ¿O lo hace el origen proletario de Rivera, sumado a su juventud trashumante, a su trabajo de minero y a una celebridad «inmerecida» según esos antecedentes?

El asunto valdría para un estudio profundo. Pero no es el lugar. Solo quería enunciar los hechos para que se entienda mejor cuán complejo puede resultar el proceso literario. Incluso, cuando la producción de un autor esté cuajada de méritos en la observación del mundo, en la asunción del espíritu de la época, en el diálogo con la tradición literaria y en el manejo del lenguaje, pilares todos que ayudan a valorar la preeminencia de un escritor. Y si de algo no cabe duda es de que Hernán Rivera Letelier es un escritor relevante.

Lo primero que me gustaría resaltar es la particularidad del universo de este autor, al que pudiéramos llamar «el cronista» de la vida en la pampa salitrera del norte de Chile. Todas sus grandes novelas están ambientadas en este escenario trágico y a la vez majestuoso, plagadas de personajes inolvidables: prostitutas, alcohólicos, mineros, patrones, huelguistas, militares, profetas, adivinos, reclutadores y una interminable galería en la cual pasean multitud de oficios y, sobre todo, una aplastante multiplicidad de conductas humanas que oscilan de la beatitud a la maldad más espeluznante. Rivera Letelier dibuja, con el conjunto de sus novelas, una suerte de comedia humana en la que los protagonistas de un libro son presencias secundarias o episódicas en otro, y en los que el escenario pampino pasa de telón de fondo a actor principal del drama existencial de sus moradores y motor de las historias contadas. No puede olvidarse el impacto de la fiebre del salitre en la bonanza económica chilena. Por eso, estas narraciones que se disfrazan de historias de amor, de cuentos de fantasmas y aparecidos, de investigaciones policiales incluso son, en primera instancia, una dura lección de historia y de economía política en la que Iquique, Antofagasta y otros asentamientos del desierto de Atacama enseñan las menos complacientes caras del poder y sus métodos de extorsión y dominio.

Pero no debemos equivocarnos. La denuncia social per se no suele ser literatura. Y aquí entran a jugar su papel las negociaciones de Rivera Letelier con sus modelos estéticos. Las novelas de esta epopeya de la pampa poseen, en primer término, un hálito rulfiano palpable en ese aire de limbo entre la vida y la muerte, entre el purgatorio y el infierno que anima buena parte de ellas. Luego, acusan una clara influencia garcíamarquiana en el manejo de una prosa con largos períodos en la que afloran, de continuo, sucesos «maravillosos» que salpimientan el crudo realismo de sus fábulas, a veces rayano en el naturalismo. También son perceptibles las huellas de Cortázar en el cariz lúdico del relato; visible lo mismo en el uso de un humor que va de la ironía al sarcasmo que en la superposición de planos y ambientes tanto dentro de un solo libro como entre todos los que componen el catálogo. Hay, además, una sagacidad borgiana en la manera en que narradores y personajes se adentran en una inconfundible metafísica cuyas bases podrían buscarse de idéntico modo en la filosofía clásica o en la sabiduría popular ancestral.



No se puede pasar por alto el uso del lenguaje que hace este autor. Aparejados a términos preciosistas, provenientes de universos líricos intensos, emergen aquí y allá un alto número de chilenismos, de una variante regional arcaica, la hablada en la zona salitrera, que dota a las novelas de un curioso aire a un tiempo culto y popular, que echa mano al refranero, a la cancionística hispanoamericana, a textos sacros de la religión católica o a la poesía anónima de la lengua española. La polifonía de estos libros, gracias a la inteligencia compositiva de Rivera Letelier, parece subsumirse en esa prosa de largo aliento con que están contados la mayoría de ellos; pero es un espejismo: si miramos con celo, nos percatamos de que la plurivocidad viene a ser la piedra de toque de estas páginas en que los cientos de narradores y caracteres son identificables, precisamente, por las variaciones lingüísticas con que se expresan dentro de ese mosaico monumental que es el todo y al que algunos han bautizado como el barroco pampino.

Espejismo resulta una palabra consustancial al desierto. Y eso es, a la postre, Los trenes van al Purgatorio, la cuarta novela escrita por Rivera y publicada en el 2000, que hoy Arte y Literatura pone a disposición de los lectores cubanos. Un tren fantasmagórico (el Longitudinal del Norte, el Longino) recorre la pampa de una punta a la otra, en ocasiones sin que sepamos bien su rumbo preciso, se detiene en varias de las poblaciones en las cuales estuvieran enclavadas las principales oficinas salitreras, recoge y transporta seres que, sin saberlo, van camino a un purgatorio en el que serán exorcizados (o no) de los pecados que cometieron y siguen cometiendo.

La fábula arranca con la historia de amor entre el acordeonista Lorenzo Anabalón con Uberlinda Linares (visión que lo persigue tal vez enmascarada detrás de la quiromántica Luvertina, compañera de viaje de Lorenzo en el Longino), esposa en vida del minero Leoncio Santos, que no deja de esperarla todos los días del mundo, hasta el fin de los tiempos, en la estación del poblado, a ver si por fin se arrepiente de su fuga y regresa al hogar. Es decir, Los trenes… cuenta primero sobre un adulterio y después acerca de incestos, estupros, violaciones, asesinatos en serie de mujeres, tahúres que esquilman a los pasajeros, enganchadores que emborrachan a los hombres para arrastrarlos con sus familias o sin ellas hacia el infierno de las salitreras.

Sobre todos deambula la presencia constante de la muerte que no puede ser derrotada ni siquiera por el Cristo de Elqui (personaje protagónico de la que es, para mi gusto, la mayor novela de Rivera Letelier, El arte de la resurrección), quien lucha por resucitar a una niña muerta y más tarde pierde el tren debido al accidente místico que sufre en una de las paradas de la ruta. Este personaje célebre, inmortalizado antes en versos por Nicanor Parra, simboliza, por una parte, la fuerza de la fe como asidero espiritual del hombre y, por otra, tiene un tinte socarrón que pone en solfa la imposibilidad de la religión y del fanatismo para alcanzar la salvación individual y colectiva.

La literatura y el arte si lo consiguen. O al menos lo intentan. Y bien lo sabe Hernán Rivera Letelier, cinéfilo, melómano y lector empedernido desde la juventud, cuya existencia cambió gracias a una formación autodidacta cimentada en la sensibilidad y el talento y que a la larga le ha permitido convertirse en una de las voces esenciales de la narrativa hispanoamericana de los últimos años, en un «contador de historias» pensadas y escritas para que otros se salven a través de ellas.

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