Entre la suma y la multiplicación. Mi lectura de Voy a escribir la eternidad
Aunque no parezca posible, dos de las operaciones matemáticas básicas las acoplo para referirme a esta novela de Francisco López Sacha que el pasado año conquistó el Premio Alejo Carpentier. Es suma porque está referida a no pocos hechos de diverso carácter relacionados con nuestra Isla, tanto mayores como menores. Es multiplicación porque la provee de múltiples riquezas de variadas dimensiones donde confluyen diferentes mediaciones. Pero… es una obra sin argumento, o con ausencia de un argumento central, en el transcurso de la cual se refieren historias desde la voz de un narrador en primera persona que es absolutamente dominador y dominante y, a la vez, auténtico, que bien pudiera sentirse cerca de Dios. La experimentación, si pudiera llamarse así, no es nueva. Bien supo emplearla la inglesa Virginia Woolf (1882-1941) en su novela Los años, publicada en 1937, la última de sus obras aparecida en vida de la autora, donde recorre la historia de la familia Pargiter desde 1880 hasta la «actualidad» de la medianía de los años 30. Pero Sacha, desde esa primera persona fuerte y retumbante a veces, como su propia voz, no va a contar la historia de una familia, sino, acaso, la historia de una familia llamada Cuba en escenarios que ocurren desde su Manzanillo natal hasta La Habana de los años 60, con algunos adelantos a tiempos más cercanos. Son historias —no es una novela histórica, aclaro— de su relación con sus amigos, con los vecinos del barrio, con esos personajes traviesos que viven en las pequeñas ciudades, entre controversias, acercamientos y alejamientos, y donde prima la más absoluta verdad, o al menos así quiere expresarlo el autor. Pero tampoco es novela testimonial.


Confluencias políticas, divergencias ideológicas, confrontaciones mínimas y máximas, pero también dolor y sufrimiento coexisten en estas páginas que corren apresuradamente en busca de un lector que pudo haber experimentado iguales o parecidas desazones; o de otro tipo de lector, aquel que no sabe que en tiempos ya pasados —y es solo un simple ejemplo— el café, en los establecimientos públicos, aún en los de menor empaque, se servía en tazas con plato y ahora (entonces) se tomaba en pomitos de cristal donde antes se envasaban compotas rusas, aunque ya tampoco tenemos compotas rusas. Con estos detalles al parecer intrascendentes, el autor nos brinda lecciones —sin ser didáctico— de historia, de economía, de política, de ideología, de muchos porqués que, hoy, los más jóvenes no pudieron conocer y tampoco los libros lo proporcionan. Son simples detalles que, sin embargo, permiten hacer crecer una historia múltiple y variada. Se impone también en esta obra el sentido de la amistad, de esos grupos de amigos que se forjan desde la infancia, desaparecen y resurgen en la adultez como si el tiempo no hubiera pasado y solo hay reencuentros sin que ocurriera nada a pesar del tiempo transcurrido, como si se hubieran visto ayer, reencontrados, como por casualidad, en la hermosa glorieta de Manzanillo. Porque también Voy a escribir la eternidad constituye una novela-homenaje a esa ciudad donde nacieron Luis Felipe Rodríguez —mencionado apenas comenzada la novela de esa forma en que solo saben iniciar sus obras aquellos que ya tienen dominio del género y bien conocen acerca de cómo se conquista al lector: «En una esquina de los corredores, frente al jardín lateral de la iglesia, el escritor Luis Felipe Rodríguez pasaba las tardes en el café La Dominica mucho antes de que mi padre y mi madre se conocieran por azar en un barrio de casitas de tabla…». Pero no es solo el autor de Ciénaga el que aparece ahora y en otros lugares, cuando la novela avanza, incluso en sus finales. También se cita sobre todo a escritores, algunos ya fallecidos y otros actuantes en nuestra vida intelectual, sin que tampoco estemos en presencia de una novela en clave. El «azar concurrente» lezamiano y, por circunstancias muy puntuales, aparece nuestro imprescindible Rine Leal, habanero, pero sin que sea un homenaje, que bien se lo merece el muy olvidado crítico, sino en circunstancias coyunturales que van de pasada; o el poeta, también manzanillero, Yoel Meza Falcón, igualmente difunto, que vivió «entre el esplendor y el caos», o Julito Girona, pintor y narrador; o Joel James, historiador y cuentista; o poetas como Bladimir Zamora, Raúl Hernández Novás y Marino Wilson Jay, Ricardo Repilado, Amado del Pino, alumno del narrador, José Soler Puig, todos desaparecidos. Sumo a Arturo Arango, Alex Fleites, Alex Pausides, Waldo Leyva, Raquel Carrió, la que «me recortaba la barba», repetido a modo de epíteto durante todo el transcurrir de la novela, y la holguinero-santiaguera Aida Bahr, quienes tienen el beneficio de la mención, entre otros muchos nombres; y aparecen hasta los chistes de Wichy Nogueras, de quien leo ahora su novela inconclusa Encicloferia, un verdadero regalo, pero de difícil lectura. Asisten también a estas páginas Jesús Menéndez, Blas Roca, un joven llamado Armando Hart al que el pueblo, debido a su juventud, se asombraba al verlo desempeñarse con mucha dinámica como Ministro de Educación. Pero si, además, se quiere saber el momento en que se recogían los cabos de cigarro en las calles cuando escaseó el producto, qué cosa era el café mezclado, las cuchillas de afeitar Astra y Neva y otros detalles que los libros de historia no cuentan, y tampoco los de economía, y hay, necesariamente, que acudir al arte, en este caso a Voy a escribir la eternidad, título exacto para los propósitos del libro, es la lectura indicada, porque de esas referencias si se quiere nimias, y de otras muchas incorporadas al texto, está colmada la vida de los cubanos de ayer, pero los del hoy las ignoran.

También hallamos las lecturas de aquellos tiempos, desde Marcuse hasta Julio Cortázar, pasando por Ernesto Cardenal, Carpentier y un evocado Lino Novás Calvo. La música —con los imprescindibles Beatles, tan caros para Sacha— y, además, Rita Montaner, Pedro Vargas, René Cabell, Rolando Laserie, Juan Formell, Pachy Naranjo, Elio Revé… Los programas musicales como «Nocturno» y «Sorpresa». Y Nueva York, en visita obligada al edificio de apartamentos Dakota, donde Lennon cayó abatido por la mano de un enloquecido fanático; y Yoko Ono, la esposa de aquel, japonesa y nada sexy, pero imprescindible en la vida del músico. Y el cine, sobre todo los grandes de Europa, neorrealistas o no; y también Alfredo Guevara, entonces representante de Cuba ante la Unesco, y a quien Sacha, medio en broma o medio en serio, quién sabe, le leyó la mano en París, y pronosticó lo que sobrevendría cierto tiempo después: volver a dirigir el Icaic, que Sacha pudo recordarle años después, a lo cual el cineasta respondió: «Sí, lo recuerdo muy bien. Entonces se acercó, radiante de alegría, y me tendió la mano» (p. 290). Y cómo no evocar, si de Manzanillo se trata, a Espejo de paciencia, al pirata Gilberto Girón, al criollo Gregorio Ramos, a la refundación de la revista Orto, aquella que brilló entre 1912 y 1957, pero ahora (entonces) impedida de volver a circular porque, dijeron los funcionarios, era poner en manos de los jóvenes asuntos de ideas.

Hay derecho a preguntarse cómo Sacha pudo tratar asuntos tan diversos en una obra de 334 páginas y respondo que sí, lo logró mediante la atmósfera que reina en la novela y esos pequeños-grandes detalles, que trasmiten una sensación de todo, de todos y para todos. Vale citar un momento del texto:

Estaba solo. ¿Era posible escribir un relato o un libro sobre todo y sobre nada? ¿Era posible el sueño de Flaubert? ¿Acaso lo local, lo minúsculo, podía llegar a ser lo universal, como pensaba Unamuno? Y si así fuera, ¿podía componerse una obra como una partitura, con la vastedad del cielo y de la tierra así como lo expresaba el actor Jean Paul Belmondo en el film de GodardPierre le fou? Creo que por primera vez estaba ante un dilema que solo podía resolver en la escritura. Ni los libros, ni mis estudios de lingüística, ni mis lecturas teóricas, ni mi providencial encuentro con Julio Cortázar podían colocarme en la ruta de mi auténtica ambición. La intención de relatar una fuga —un pequeño incidente entre todos los incidentes posibles […] la necesidad de contar lo que será olvidado, lo que pasa tan solo una vez, o lo que se reitera y desaparece, esos sucesos que son como puentes, que están al margen y al mismo conectados en secreto sin que podamos saberlo (p.211).

A esas interrogantes del autor formulada a sí mismo se auto responde mediante Voy a escribir la eternidad, novela donde el lector percibe breves temblores, pero sin fisuras, como si todo resultara bien embrujado y memorable en estas páginas de, por momentos, arrasadora tristeza, como si Sacha estuviera pagando una deuda con su generación, pero también sintiéndose complacido si su obra atrae a los más jóvenes. Pero lo importante es la novela, no el novelista. 

Si no se escribieran obras como esta —y pueden escribirse de múltiples maneras muchas también buenas— la literatura no sería —como tiene que ser, solo que a su modo y manera— una historia de Cuba, solo que los libros de esta disciplina van a lo macro, mientras que en Voy a escribir la eternidad el autor prefiere recorrer el detalle, la alusión directa o indirecta acerca de referencias tan, al parecer irrelevantes, como puede serlo el color de los abrigos de los becarios cubanos de los años 60, la comida que entonces daban en las becas o la incomodidad de las literas. Sin olvidar la música, esa que el autor amó aún cuando estaba prohibida, materializada en grupos tan emblemáticos como Los Beatles, convertido para el autor en un verdadero reducto de amor y de salvación.

Novela intimista, si queremos que así lo sea, sin coyunturas de conflictos, aunque coexisten muchos, sin nudos dramáticos, quienes estén buscando un argumento central, insisto, no lo encontrarán, mas hay desgarramientos por lo que ya no está, por lo que fue y ya no es, por el ayer (y el hoy traspolado) de los años 60. Escrita entre 1993 y 2020, median entre ambos veintinueve años de «trabajo forzado» en medio de múltiples tareas y otros libros escritos y publicados, pero este permanecía ahí, inmarcesible, esperando la oportunidad de continuarlo hasta vencerlo.

Novela total y abarcadora en sus temas, pero sin que ninguno eche raíces, sino como circunstancias epocales de tiempos pretéritos que retornan al hoy es prueba de que Francisco López Sacha necesitaba escribir, necesitaba legitimar, como lo ha hecho, y con verdadera maestría, mediante una novela-exorcismo. Creo estaba obligado a hacerlo para que funcionara a modo de conjuro, con la necesaria gravedad dispuesta entre líneas, como un sueño donde todo fue posible y donde todo, a la vez, era (es) pesadilla.  

 

 

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